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P.T.S.D.

Durante 2 años navegué en las aguas turbias del sufrimiento que producen los traumas. Quizás para más de uno hablar de síndrome post traumático sólo sea válido para los soldados que vuelven de la guerra o para las víctimas de violación o tortura.

Sin embargo, eso fue exactamente lo que yo experimenté durante los 2 años posteriores al huaico. Era imposible para mí, por ejemplo, ir al supermercado habitual sin echarme a llorar pues cada familia que veía me recordaba lo que yo ya no tenía. Cada pareja feliz me parecía irritantemente envidiable. Cada padre pendiente de sus hijos me transportaba a un universo paralelo del que ya no formaba parte.

Durante 2 años me sometí a cuanto «tratamiento» espiritual, esotérico y alternativo me trajeron mis ángeles de la guarda: flores de Bach para poder dormir un poquito más de 3 horas por noche, biomagnetismo para poder luchar contra la depresión, lectura del tarot, cartas astrales y hasta hojas de coca para saber qué me deparaba el futuro, alineación de chacras para lidiar contra la desesperanza y esa permanente sensación de ahogo, limpieza de mi alma con tabaco para alejar los malos espíritus y poder ser feliz nuevamente, pasando incluso por las dichosas constelaciones familiares donde me hicieron «hablar» con el difunto y «perdonarlo».

Todas estas terapias lo único que me hacían sentir era cada vez más infeliz e incompleta, ya que tenía que repetir ante extraños, una y otra vez, las maldades de las que habíamos sido víctimas mis hijos y yo.

No podía hilvanar 5 frases sin llorar con desconsuelo y, contrariamente a lo fuerte que todos decían que yo era, me sentía a merced del viento más débil que podría derrumbarme.

Todas las mañanas rezaba con fe y en voz alta mientras me bañaba pues si trataba de hacerlo como antes (en silencio y antes de dormir) no me podía concentrar. Esa costumbre la mantengo hasta hoy. Es mi momento de agradecer por todas las bendiciones de mi vida, especialmente por las pruebas que he tenido que superar, pues gracias a ellas he descubierto la mujer con M mayúscula que habita en mí.

Hoy que soy dueña de mi destino y miro hacia atrás ese recorrido esotérico, espiritual y alternativo, siento que cada uno de esos momentos sirvió para ir soltando que ha sido lo más difícil de este proceso.

Soltar no es olvidar y menos perdonar a quien no ha venido a pedir perdón. Soltar es pararse en la orilla del río y ver los problemas pasar sin ser arrastrados por ellos; pero esa gran lección la aprendí en otro lugar maravilloso, con una gran y bella persona de quien escribiré la próxima semana…

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