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Acero Valyrio

Crees que estás en el hoyo más profundo y de pronto tu hija te demuestra que aún puedes estar peor.

Porque no hay nada peor que ver a un hijo sufriendo.

Y entonces te cuestionas toda tu capacidad y habilidad de ser madre, de proteger a tus hijos de cualquier daño y te angustias porque no encuentras dentro de ti los recursos necesarios para sacarla de la angustia y de la depresión.

Recuerdas todas las veces que la reprendiste, las veces que te faltó decirle cuánto la amas, el tiempo perdido que no aprovechaste.

Y respiras buscando claridad de mente para evitar herirla, a pesar de que ella te está hiriendo. Te concentras en los recuerdos de felicidad junto a ella. Sabes que todo lo que está diciendo no lo siente.

Que todo pasa, que el amor es más fuerte que cualquier otro sentimiento, que estarán bien ustedes dos, que ella estará bien.

Tu hijo te acompaña y sufre viendo este descalabro, pero en lugar de llorar, se enoja. Pero al mismo tiempo te consuela con amor de adulto, aunque aún está muy lejos de ser uno.

Tu hogar está triste, las fotos del pasado son testigos de lo que ocurre en este presente hostil.

Sus fallas como hija son mis fallas como madre (recuerdo las palabras de la película Gladiator) y me angustio pensando que no estuve a la altura. Que le fallé.

Los tres estamos envueltos en una nube muy negra que nos arrastra y por primera vez en este tiempo, me siento perdida.

Por primera vez desde el huaico, no puedo ir a trabajar. Me siento derrotada y con un terror inmenso porque no veo luz en el futuro.

Eso es desesperanza y a pesar de que la reconozco, no puedo evadirla.

Me atrapa.

No recuerdo haberme sentido así de derrotada en toda mi vida.

Cuando el huaico alcanzó mi hogar, pensé que eso era lo peor. Pero siempre se puede estar peor.

Pero, más importante que eso, siempre se puede estar mejor. Recordé mi mantra diario matutino “nada ni nadie me quitará la alegría de vivir ni la fe”.

Trabajo en ello, respiro, pido ayuda especializada, tomo medidas, espero que la tormenta pase, las aguas se calmen y mi futuro vuelve a ser sólo el día de mañana porque no puedo ver más allá.

Los caminos duros tienen la habilidad de mostrarte de qué estás hecha. Del acero valyrio de GOT, o sea de otro planeta, y por eso ni cuenta te dabas que existía en ti.

Cuando todo pasa, cuando tu hija se recupera y la ves feliz de nuevo, te sientes orgullosa de haber atravesado por esta experiencia y haber adquirido una cicatriz más. Porque esa cicatriz te ayuda a valorar más las bendiciones que te rodean. Es más fácil ahora ver el vaso medio lleno y casi nunca el vaso medio vacío.

Pero más importante, reafirmas el hecho de que nada es más importante que tus hijos, que cualquier otro dolor experimentado se vuelve nada cuando ves a tus hijos sufriendo. Que el verdadero amor es aquél que se quedó contigo y para siempre. Porque los lazos que tienes con ellos son indestructibles.

Nunca sentí ese deseo que otras mujeres experimentan por ser madres. Más bien los niños siempre me molestaron. Salí encinta las dos veces, por diferentes razones, sin yo planificarlo. Y, sin embargo, esas dos criaturas me volvieron un ser maternal, profundo, dedicado, responsable y los amé desde el instante en que escuché sus latidos y comenzaron a moverse en mi vientre.

Joan Manuel Serrat no pudo escribir mejor canción que Los Locos Bajitos y la estrofa que dice “nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós” es el más bello reflejo de lo que es criarlos, soltarlos y sostenerlos…

Acá estoy hija, al pie del cañón. No lo olvides nunca!

Foto: Taringa.net

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