Los que me siguen desde el inicio recordarán que, allá por mayo del 2019, una de mis primeras entradas se tituló P.T.S.D. (siglas de post traumatic stress disorder) donde les conté con bastante detalle las secuelas de las ilusiones rotas porque los traumas emocionales son cosa seria, peligrosa y oscura. Si no te pones en buenas manos médicas, puedes terminar desintegrad@, de manera irreparable.
A pesar de todo, ese quinquenio doloroso (2017 – 2022), donde no solamente me enfrenté a un divorcio traumático, sino a la muerte de mis papás, me hizo mucho bien porque las cosas no se comprenden mientras se viven, sino después… a veces, mucho después… y gracias a todo lo que aprendí, hoy saboreo la paz de mi hogar con un detenimiento del que, creo, no hubiera sido capaz sin haber pasado por las experiencias retadoras que me trajeron esos años.
Mientras navegábamos en aguas turbias, mis hijos y yo tomamos la decisión, de manera intuitiva, inconsciente y casi casi imperativa de ser felices, así que nos rodeamos de todo lo que amamos.
Entre esas cosas estuvo (y está) pasar varios, largos, extenuantes y divertidos días en los parques de Disney. Ya lo he explicado también en algunas entradas que para nosotros ir a esos parques es una experiencia integral, muy enriquecedora porque nos sentimos niños de nuevo, la magia de los lugares que visitamos nos envuelve y nos eleva, y tenemos la oportunidad de estar juntos 24/7 que es algo cada vez más difícil en el día a día.
Podrán ser los mismos juegos, las mismas canciones, los mismos olores y los mismos colores, pero nosotros no los sentimos así porque lo que sentimos es que dejamos atrás nuestros laberintos de la cotidianeidad y dejamos entrar en nuestros corazones la luminiscencia de la magia, la perpetuidad de nuestra infancia y la serenidad de las hadas.
Cada vez que paso por las puertas de esos parques maravillosos y utópicos, tengo la nítida sensación de mi corazón sonriendo y bailando. Es una felicidad que no puedo describir.
Eso no quiere decir que no me ilusione viajar a otros lugares. Viajar es lo que más me gusta de la vida. Pero estas tierras de merengue y luciérnagas, de fantasía, de hoteles hermosos (siempre buscamos uno diferente), de malabares de filas, horarios y rutas, unido a la melancolía de las personas y mascotas que ya no están acompañándonos en este mundo son una combinación potente, difícilmente superada por otros destinos.
Y entonces ¿qué es P.D.S.D? Pues no es otra cosa que post Disney stress disorder porque la depresión después de un viaje a Disney, para mis hijos y para mí, y para muchas otras personas que conocemos, es real. Nos despedimos de los parques con nostalgia, siempre con la esperanza de que no pasen más de 2 años antes de la siguiente visita.
Los que me siguen desde el inicio de este blog, y los que me conocen, sabrán que mi corazón se hizo añicos hace ya varios años y por eso estarán contentos de que tenga una fuente a la cual recurrir para abastecerme de fantasía, polvos mágicos, melodías inolvidables, recuerditos inútiles que me llevo a la casa y que cuando los miro me hacen sonreír y desear volver una y mil veces a la tierra del nunca jamás donde puedo sentirme niña y feliz, con garúa y sol radiante, aunque para algunos todo esto sea un disparate. Tal vez sí lo sea, pero es un disparate que me da alegría, que me alumbra y me hace desear volver a sentir P.D.S.D. una y otra vez.
Este fin de año no iremos allí. El destino es otro. Pero volveremos, claro que sí!
Gracias por su compañía, sus comentarios en interno, su permanente aliento. Nos reencontraremos a la vuelta del calendario.
Foto propia
