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95. Luna tiene nana

Probablemente cuando escriba esto Luna ya esté en el firmamento, iluminando nuestros días con esa dulzura, profundidad e intensidad, que sólo los seres más puros e inocentes pueden brindar.

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Nadie podía presagiar allá por 2007, que esa cachorrita de pelos negros y ensortijados, que avizoré de casualidad en el nuevo colegio mexicano de mis hijos, se convertiría en una compañera inigualable por largos años.

Luna llegó a acompañar a mis pequeños en un momento en el que habían sido separados de todo lo que conocían para ir a vivir a otro país. La mudanza tardaría algunas semanas o quizás meses en llegar a su nuevo hogar y no tenían ni siquiera un peluche entrañable que los acompañara en esos momentos.

Por eso, cuando, al ver a Luna me rogaron al unísono llevarla con nosotros e incorporarla en nuestra tribu, no tuve corazón para decir que no, a pesar de que ya teníamos dos perritos.

Pero Luna no solamente fue compañía para mis hijos. Todos los que la conocimos también nos beneficiamos con su diminuta presencia y enorme corazón, y la amamos amplia e incondicionalmente.

Luna nos dio amor infinito mientras vivíamos fuera del país y, ya de regreso, acompañó a mis papás durante largos años dándoles la dicha de su compañía, su energía, sus locuras y su ternura.

Su tamaño diminuto contrasta con la enorme presencia que tiene en nuestras vidas, las cuales difícilmente imaginamos sin Luna en ellas.

Sus ojos negros como aceitunas y sus pelos al viento bailando una danza desordenada y llena de vida nos recuerdan a diario la maravillosa belleza del amor en su más pura versión.

A medida que ha ido ganando años, su vitalidad no ha decrecido, tan es así que hasta hace poco cuando paseaba en la calle, la gente pensaba que seguía siendo una bebé.

Mis papás ya no están y ha vuelto a vivir con nosotros. Recién en este año se ha vuelto frágil y vulnerable. Camina lento, ya no puede usar las escaleras y está casi ciega. Por eso Luna tiene nana. No la dejamos nunca sola. La cuidamos con esmero, le devolvemos el amor que con creces nos ha dado a lo largo de su existencia.

Luna es y será siempre dicha, siempre risa, siempre dulzura, siempre encanto, siempre fragilidad y siempre fortaleza envueltos todos estos increíbles ingredientes en un cuerpecito cálido y dadivoso, coqueto e inolvidable.


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Luna tuvo nana y me gusta pensar que se sintió verdaderamente amada y acompañada hasta el triste momento en el que su aliento se desvaneció para alcanzar la eternidad. Triste para nosotros que la extrañamos cada día, pero dichoso para ella porque por fin ha vuelto a corretear y a enredarse entre las piernas de mi mami mientras la mira con sus ojos color aceituna tocar una sonata de Brahms entre las nubes.

Foto propia

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