Trató de voltear la cara al pasar por la esquina de las fechorías porque su sola sombra la hacía estremecer, sentir náuseas y dolor…
El taxista, ajeno a su drama interior, le subió el volumen a la música que coincidentemente sonaba en la radio en ese momento “I don’t relate to you, I don’t relate to you, no, ‘cause i’d never treat me this shitty, you made me hate this city”…
Y entonces se dio cuenta cuánto odiaba a la ciudad que los contenía a ambos. ¡Si tan solo pudieran estar separados por archipiélagos y océanos para así pretender que había muerto! ¡Para que el oxígeno fuera más puro!
Se percató que cada vez que se paraba frente a la máquina de café y veía por el ventanal esa construcción inmensa e intimidante sentía que le faltaba el aire, que su entorno había sido contaminado y experimentaba una impotencia inenarrable por no poder cambiar las circunstancias.
Sin embargo, y al mismo tiempo que el desprecio la atrapaba y le apretaba la garganta, determinó que estaba curada del amor inmenso que le había tenido. Ya no sentía nostalgia, ni ausencia, ni la mano invisible en la cavidad de su mano, ni la voz grave susurrando palabras cariñosas, ni saudades…
Por fin la desesperanza había mutado, dando paso a la liberación definitiva. Así me lo dijo hace algunos años cuando le pregunté cómo estaba: que justo cuando sentía que el agujero negro la terminaría por engullir, había sido expectorada como un búmeran hacia la superficie de un nuevo terreno donde aquella esquina había sido desocupada y cuyos alrededores estaban limpios y despejados.
Nunca más sentiría náuseas por sentirse invadida. Nunca más tendría miedo de volver a ser arrastrada hacia las fauces de aquel monstruo feroz y despiadado que con sus garras peludas le había cubierto la cara y el entendimiento produciendo en ella un ser cada vez más frágil y dependiente.
Me dijo que ahora cuando pasa por la esquina de las fechorías, la construcción le parece amable, bonita, iluminada y hasta alegre. Los pelos al viento danzan al ritmo de la música de todos los vehículos que la transportan y enfrenta cada día con optimismo, paz y alegría.
La quiero mucho y me siento muy orgullosa de ella. La miro y me veo reflejada, aunque debo admitir que su apariencia exterior ha cambiado. Y es que sus ojos tienen más brillo, su sonrisa muestra más sus blancos dientes y en su rostro se adivina un alma renovada que ya no se da vuelta al pasar por ninguna esquina de la ciudad.
Foto tomada de Google
