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Un huaico en el camino

Mamá, te están engañando, me dijeron mis hijos de 17 y 19 años. Quizás yo ya lo sabía, pero escucharlo de boca de ellos me remeció de una forma tan intensa comparable a esa sensación de quedarse sin piso cuando te jalan la alfombra por detrás de una manera inesperada.

Era el verano del 2017 y acababa de ver en la televisión la escena más escalofriante cuando una mujer era arrastrada por lodo y tierras producto de un huaico. Exactamente así me sentía: arrastrada, enlodada, enmugrecida y sin rumbo, con toda mi vida destruida. ¿Desde cuándo ocurría todo esto? ¿Cuál era la magnitud de mi huaico? ¿Desde cuándo se venía gestando? Cuán ciega, sorda y muda se puede volver una que involuntariamente entra en un terreno minado donde apenas se reconoce y se limita a servir. Con amor, pero servir. Y la propia esencia se va desvaneciendo, al punto que una ya no se reconoce. No sabemos lo que verdaderamente deseamos ni por qué hacemos lo que hacemos; no tenemos metas ni sueños. Simplemente vamos por ahí cumpliendo deberes y siendo buenas esposas, madres e hijas… Mientras estamos en ese estado zombie es difícil discernir y realmente observar lo que ocurre. A veces es necesario que tus hijos de 17 y 19 te digan «mamá, te están engañando» para que esa burbuja se rompa y el huaico termine por cubrirte y no dejarte respirar para que reacciones. Para que te sacudas, para que te vuelvas dueña de tu destino.

Pero es un proceso. No es una película donde la siguiente escena es una mujer exitosa. Hay muchas lágrimas y mucho dolor en el camino que hay que drenar…

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