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En el fondo del pozo … siempre hay un resorte dicen

Me miré al espejo y no me reconocí. La imagen que me llegaba de vuelta me presentó a un personaje diferente y lejano. Había llegado el huaico y, con él, el divorcio, la menopausia, el nido vacío y la quiebra. ¡Todo junto!

Tenía dos caminos. Derrumbarme y dejar que todo acabara, incluyendo a mí misma o reconstruirme y ser una nueva persona, más fuerte y luchadora.

No dudo que mi terquedad jugó un rol determinante porque al ver a esa mujer que me miraba como retándome a través del espejo, decidí inmediatamente no darle gusto y no permitirle que se regodeara con mi fracaso.

Me sentía estafada. Eso era innegable. Se suponía que cuando llegaran los cambios hormonales, los hijos crecieran y la economía estuviera en rojo debería tener a mi lado al compañero de viaje que había elegido con tanto amor y seguridad, y juntos enfrentaríamos los cambios que vienen con los años, la pena por la partida de los hijos y hombro a hombro volveríamos a pintar esas cifras de azul.

Recordé que el día de mi matrimonio, contrariamente a lo que me habían contado, no sentí nervios ni dudas. Fue el día más feliz de mi vida, o al menos en su momento eso creí. Caminé al altar decidida y reluciente, segura que ese camino me conducía a la felicidad eterna. Recordé aquella vez, muchos años atrás, sentada en la playa con mis amigos de colegio cuando me dijeron que todo en exceso es malo, incluyendo el amor, y yo, terca y testaruda, repliqué que el amor en exceso no podía ser malo. La vida se encargó entonces de corregirme ¡y de qué manera! Amé demasiado y eso hizo que perdiera la perspectiva y mi propio yo.

Cuando mi matrimonio se desplomó alguien me recomendó el libro Despojos de Rachel Cusk y parecía que la escritora plasmaba lo que yo sentía en ese momento, especialmente en el párrafo donde la protagonista describe el vacío que quedó en su alma cuando todo acababa de colapsar:

“Le digo que me han quitado todos mis recuerdos. Ya no tengo nada mío. Me he exiliado de mi propia historia. Le digo que ya no tengo vida. Es una vida después de la muerte: todo son secuelas. (…) no dormía nunca, porque sólo era capaz de vivir y respirar cuando acostaba a su hija. Pero se pasaba las noches rumiando y llorando en lugar de vivir. La amistad, dice, es lo que la mantuvo a flote en esa época. En la tragedia griega, la comunidad comparte el dolor de la guerra con los combatientes que vuelven a casa. Sale a la calle a ofrecer su amor y su solicitud a quienes han sufrido el dolor de la batalla. El matrimonio deja fuera a los demás, dice mi amiga. Cuando te casas te alejas de los demás, pero cuando el matrimonio se acaba salen a darte la bienvenida. Eso es la civilización, dice. Lo peor que te ha pasado ha sacado lo mejor de ellos.”

Yo tuve la suerte de tener una comunidad que me sostuviera para no dejarme resbalar por el despeñadero de la pena.

Como la naturaleza es sabia, y observando el largo y duro camino que me tocaba recorrer antes de recuperarme, me ahorró todos los malestares propios de la menopausia. No sentí calores, ni desarreglos en la menstruación, ni sudoración excesiva, caída de pelo… Un buen día no me vino más la regla y the end. Seguramente todo el trauma y depresión por el que me encontraba viviendo evitó la aparición de todos esos síntomas y recordé que cuando me mudé a vivir a otro país, producto del stress del cambio, tuve la regla por 2 meses continuos y mi médico me dijo que la mujer es como una planta y que los cambios hacen que todo influya en su desarrollo y comportamiento. Entonces imaginé que esta vez era algo similar. Lamentablemente mi médico ya no estaba para poder confirmarlo, pero todo lo aprendido con él me hizo entenderlo.

Hace un tiempo escuché un podcast entre mujeres con un mensaje poderosísimo que decía más o menos lo siguiente:

La menopausia es igual que la pubertad sólo que en sentido inverso. Cuando piensas por todo lo que pasa el cuerpo de una mujer durante toda su vida desde prepararse para llevar una vida, dar a luz, priorizar los hijos y luego que todo ese sistema reproductivo tenga su fin con la menopausia, es muy poderoso y sin embargo nos enseñan a avergonzarnos de ello y evitar entenderlo o explorarlo para ayudar a la siguiente generación. Nos quedamos preguntándonos “¿cuándo es mi turno?”. Y la buena noticia sobre esto es que la menopausia es eso, aunque llegar a ella sea complicado. Es liberación porque es la primera vez para muchas mujeres que ya no se encuentran atadas y pueden empezar a estar presentes para sí mismas. En esta etapa dejamos de adaptarnos a la pareja, los hijos, la sociedad… Puedes darte permiso para decirle que sí a todo lo que anhelas. A diferencia de los hombres, pues ellos empiezan desde los 20 a hacer eso, nosotras a veces tenemos que esperar hasta los 50 o 60 para sentirnos lo suficientemente libres física y emocionalmente para decir “voy a pensar en lo que quiero hacer y emprender lo que me haga feliz”. A nosotras nos toma una vida llegar a ese punto. Algunas nunca lo consiguen porque permanecen en segundo lugar hasta el día de su muerte. Ésta es la forma en la que se debe ver a la menopausia. No como el fin de las cosas, sino como el inicio de un nuevo capítulo.

Mi nuevo capítulo empezó entonces con nuevos planes y haciendo en cada momento sólo lo que me hace feliz. En la medida que no haga daño a nadie, no hago lo que no me produce placer. Éste es mi momento y lo estoy disfrutando muchísimo.

Mis hijos ya son adultos, pero mi nido no está vacío. A ellos les gusta estar conmigo, buscar mi consejo, departir momentos presenciales o de video llamada. Es una relación diferente, pero igual de gratificante como cuando eran pequeños pues cada edad tiene su encanto. Somos amigos y cómplices… y nos seguimos peleando ¡cómo no!

Las finanzas volvieron a teñirse de azul con muchos cuadros de Excel, infinidad de trámites y trabajo responsable; al fin y al cabo, creo que dentro de la magnitud de retos que me tocó, eran el menor de mis problemas.

Los problemas los he podido resolver uno a uno en estos años (¡ya casi 5!) y no me siento para nada desamparada ni abandonada ni infeliz. En mí ha nacido una nueva mujer. Con prioridades diferentes, con mis mismos valores, pero con entusiasmos diversos.

Vuelvo entonces al espejo y la mujer retadora me ha dejado en su lugar el reflejo de mí misma, desnuda, al natural. Lista para seguir en la brecha. No sin miedos o dudas, pero sí con orgullo de lo logrado en este quinquenio, en el que fui tan infeliz y tan dichosa al mismo tiempo. ¡Pude enfrentar a mis demonios, al huaico, a lo desconocido, todo junto!

¡Tú también puedes!

***

Despojos de Rachel Cusk – lo encuentras en Kindle

The Michelle Obama Podcast, capítulo 5 del 12.08.20 (todos los capítulos son muy recomendables) – lo encuentras en Spotify y las transcripciones están en la Web por si quieres seguir el texto para que no se te pase nada.

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Título y foto tomados de Google

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